Caminar por el paseo marítimo de Barcelona es como salir completamente de la ciudad, con cada paso que hago siento un suelo blando y caluroso, y un olor a mar que me irrita pero a la vez me tranquiliza porque me hace saber que no estoy en la Barcelona que conozco.
Veo a gente por todas partes: turistas con cámaras colgando del cuello, ciclistas que pasan a toda velocidad y corredores que avanzan concentrados, siguiendo la línea interminable del paseo. Algunos caminan descalzos, y menos mal que no puedo oler sus pies de lejos, porque muy buen aspecto no tienen. Otros caminan con los zapatos en la mano con la arena aún pegada entre los dedos,otros se sientan en bancas mirando hacia al mar fijamente como si hubiera algo más allá del horizonte.
El aire está lleno de sonidos: risas, conversaciones en distintos idiomas, las cuales intento entender, el timbre de las bicicletas pidiendo paso. El humo de los chiringuitos desprende un olor a pescado muy bueno pero que al final te deja un regusto amargo debido al café.
La arena aún conserva el calor del día y la gente deja huellas en ella que poco a poco desaparecen. A lo lejos puedo escuchar a un saxofonista tocando su instrumento acompañado con las olas del mar, es un sonido inigualable.
Sigo caminando, observando, escuchando y respirando ese ambiente único donde el mar y la ciudad se encuentran. Me siento uno más en el paseo, en el ruido y en el paisaje, disfrutando de un momento único que, sin costar dinero, para mí no tiene precio.
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