-El acusado no lo hizo a propósito -dijo mi abogado.
Sé que estaba tratando de defenderme, pero, honestamente, ya sabía que ese juicio estaba perdido. Yo, el acusado, estaba sentado en un banco de madera,incómodo, viendo como mi futuro estaba en manos de un abogaducho que parecía que se había sacado la carrera jugando a los dados.
-Mi cliente no tiene culpa -continuó hablando-, desde pequeño, al ser un gato negro diferente a los demás, era discriminado por todos los gatos y, debido a su color, la gente no se le acercaba porque creían que les transmitiría mala suerte. No sabe usted, señor juez, lo que se siente al ser excluido por el mundo.
El juez levantó sus lentes observándome como si yo fuera una clase de monstruo. Yo solo bajé la cabeza, no porque me sintiera culpable, sino porque estaba cansado… cansado de que se me dicriminaran solo por mi color de pelo.
-Soy un gato negro , sí, de un negro profundo, no de ese tipo de negro de los gatos callejeros que se asemeja más al gris, no, mi pelaje es de un negro como la medianoche. Mis ojos en cambio son como un acto de rebeldía contra tanto color oscuro, son dos esferas doradas grandes que brillan como las monedas.Y quée, señor juez, yo soy así y no me escondo ni me esconderé nunca, si me quieres condenar hazlo pero después allá tu con tu conciencia.
Aún me acuerdo perfectamente de ese discurso peliculero que le dije al juez, cosa que no sirvió para mucho ya que todavía me quedan tres años en esta triste prisión, pero al menos me quedé agusto y no escondí aquello que soy, un gato negro pero con buen corazón.

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