Aquella chica sagaz juega mucho cada mañana. Esa frase se la repite cada día Lucía, como un eco constante mientras observa los grises muros que forman el reformatorio. Lucía tiene trece años y, aunque está rodeada de otras chicas, se siente completamente sola.El lugar es frío, huele a encierro y está lleno de normas estrictas y rígidas. Nadie lo sabe pero Lucía carga con problemas de ansiedad y ataques de pánico regularmente, pero ella los esconde a la perfección.
Estar internada le hace sentir que no tiene ningún tipo de control sobre su propia vida. Se se siente sola, no recibe ningún tipo de amor ni de afecto, sus padres apenas la visitan y cuando lo hacen sus miradas están llenas de culpa y distancia. Ella, en el fondo, los quiere pero siente que la dejaron sola en el momento que más los necesitaba.
Cada día o cuando puede, se evade de su realidad jugando y divirtiéndose en su propio mundo. El reformatorio se vuelve un circo de colores en su cabeza. Allí no es una simple interna, en ese circo ella es la estrella principal.
Lucía imagina que camina por una cuerda floja, haciendo malabares con sus pensamientos oscuros, mientras el público aplaude con fuerza. Para ella jugar es un refugio, es en el único momento del día donde se siente libre.
Pero hay una cosa más en aquel circo, allí sus padres sonríen y aplauden a su hija, no discuten, no gritan, no se van. El circo le ayuda a reconstruir su familia perdida y añorada, y aunque sea por unos minutos, olvida el dolor que le rodea.
Cuando termina el circo la realidad vuelve, dura y silenciosa. Pero Lucía conoce un secreto que es solo para ella, mientras pueda jugar, mientras pueda escapar, siempre tendrá una salida para escapar de esa realidad que la atormenta y la tacha como invisible.

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